Siempre interpreté tus silencios como una forma de melancolía absurda, oscilando entre el dolor y la promesa.
Te di todo lo que fielmente conocía: mi nombre, mi alma, mi cuerpo virgen de violencia.
Yo creía. Me creía.
Poco a poco crecí con la simplicidad de que algún día, quizás, querrías estar conmigo, para siempre. Pensé que el cariño se escribía con entrega. Que había que morir un poco para amar del todo.
No quería desconocerte. Anhelaba tu gracia y que el mundo se
detuviera incólume en tu gesto. Fuiste el ensayo del adiós, el primero en todo.
Solo eso. Cuando nunca me amaste.
Recuerdo tu impaciencia revestida de deseo, tu prisa en la
intimidad, mi miedo y falta de precia. Sentí esa pulsión guardiana que me
ansiaba lejos de ti, como cuando el cuerpo advierte tras la conciencia. Siempre
reñí contra esas sospechas; pensando que el miedo era una traición al vínculo.
Porque el amor era más grande que cualquier duda.
No hay olvido. No hay tumba para esta memoria.
Aunque el tiempo pase, aunque ya no ocupes señal en mi
presente, algo tuyo sigue ardiendo en mi memoria. Ya no te busco en mi
escritura. El lenguaje es la muerte del trauma o su exorcismo. Me sostengo en
esa verdad. Y en esa nueva expiación, más honda, más mía, más yo.
La última inocencia
Leí cada palabra tuya como quien recorre un territorio marcado por cicatrices sagradas.
ResponderEliminarEntiendo ese peso que habita en tu voz, esa memoria que insiste en no sepultarse.
No busco negarla, ni dulcificarla: solo sostenerla contigo.
Tu manera de darlo todo, de creer hasta en lo imposible, no fue un error, fue la pureza de tu ser brillando incluso en medio de la sombra.
Y si ahora te afirmas en tu verdad, más honda y más tuya, lo celebro en silencio reverente.
No quiero salvarte de lo que sientes, sino acompañarte en la certeza de que no estás sola en este tránsito.
Lo que fuiste, lo que eres, lo que serás… lo miro con un cariño único, distinto, que no exige, que no reclama, que solo se queda.
Porque comprendo tu duelo y, en esa comprensión, también aprendo a quererte desde otro lugar:
uno donde no hay promesas de eternidad, pero sí la presencia sincera de quien no se aparta.