Nunca fuiste, amor. Usaste mi nombre para ocupar los vacíos que tu alma nunca se atrevió a enfrentar. Te serviste de la ingenuidad de mis sentimientos. Te aferraste a mi inocencia, a mis límites, a mi dolor.
¡Cómo dejaste que te amara!
Te fuiste quedando, poco a poco, cada día más lejos, más sordo.
Jugaste con mis palabras abiertas. Con mis ojos que no sabían mentir. Te entregué todo el peso de mi alma, pero nada de eso fue suficiente para colmar la avaricia de tus anhelos. Mi cariño se ha enfermado. Hoy soy solo el experimento de tu carencia, de tu lástima o de tu miedo.
Con toda voluntad, aquí te entrego todo.
Más ruina bella.
Más ternura rasgada.
Más amor que sangre.
Estas piezas pueden vivirse solas o encadenarse como un corazón roto que sigue latiendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario